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Comer por ansiedad es muy común, especialmente entre las mujeres. Llegamos a casa después de un día duro en el trabajo y lo único que nos apetece es sentarnos en el sofá y coger esa tableta de chocolate o esa bolsa de patatas para compensar el mal día que hemos tenido. De forma puntual no es un problema, pero si esto se convierte en una rutina y tenemos esa necesidad a diario, se puede convertir en uno.

A menudo, estas situaciones se dan porque intentamos ocultar nuestras emociones a través de la comida. Estamos estresados, comemos. Estamos tristes, comemos. Y muchas veces no somos conscientes de que estamos comiendo por esta razón. Por eso, es importante que aprendamos a escucharnos y a identificar si tenemos un hambre real o si es un hambre emocional.único que nos apetece es sentarnos en el sofá y coger esa tableta de chocolate o esa bolsa de patatas para compensar el mal día que hemos tenido. De forma puntual, no es un problema, pero si esto se convierte en una rutina y tenemos esa necesidad cada día, se puede convertir en uno.

Estas son algunas diferencias entre el hambre real y el hambre emocional:

HAMBRE REAL:

Aparece poco a poco
Estás abierto a diferentes opciones de comida
No sientes la necesidad de satisfacerla de inmediato
Paras de comer cuando estas lleno
Te sientes bien cuando terminas de comer

HAMBRE EMOCIONAL:

Aparece de repente
Tienes antojos
La tienes que satisfacer inmediatamente
Continúas comiendo, aunque estés lleno
Te sientes culpable después de comer

Hay diferentes estrategias que nos pueden ayudar a relajarnos y a lidiar con las emociones que sentimos. Es importante que cada uno encuentre la suya propia, con la que se sienta más cómodo y le funcione de verdad. Existen tratamientos que conllevarán un coste económico y otros que podemos ir haciendo en nuestro día a día y que pueden ser muy útiles. Estos son algunos ejemplos de terapias que podríamos hacer para reducir la ansiedad:

– Flores de Bach

– Aromaterapia, utilizando diferentes aceites esenciales

– Acupuntura

– Reiki

– Yoga

– Masajes

Si no queremos o podemos optar por alguna de esas terapias, siempre podemos utilizar otros remedios «más caseros», pero también muy útiles.

– Salir a pasear

– Hacer ejercicios

– Hacer estiramientos

– Hacer respiraciones profundas

– Leer, ver series, escuchar música

– Manualidades

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